viernes, 15 de noviembre de 2013

Monique De Roux



Por Javier García-Luengo Manchado




Serenidad, silencio y melancolía son términos que generalmente, aplicados a la actividad artística, se vinculan al ámbito de lo clásico. Sin embargo, desde mi punto de vista, dichos vocablos referidos a la obra de Monique De Roux se tornan en absolutamente revolucionarios, pues, en efecto, si la producción artística actual ha hecho de la estética del asco academia, ha convertido la exaltación de la basura en norma y el manido discurso político es doctrina, por el contrario, aquellos creadores que reclaman la belleza, el sosiego y la reflexión, como el caso que nos ocupa, son quienes verdaderamente lo arriesgan todo en nuestros tiempos, van a contracorriente, ya que en definitiva su discurso quiebra lo que hoy, he ahí la paradoja, se ha transformado en una auténtica “academia”.
Los grabados de Monique De Roux que actualmente podemos contemplar en la Galería José Rincón de Madrid, traen a nuestra memoria esas palabras con las que Gerardo Diego glosó al Río Duero en su celebérrimo romance: Quién pudiera como tú, / a la vez quieto y en marcha/ cantar siempre el mismo verso/ pero con distinta agua. Y es que verdaderamente cada obra de De Roux siempre es diferente, pero del mismo modo detectamos su inconfundible mano, sus ensoñaciones; hallamos todo su intenso mundo tras ellas.

La gran protagonista del peculiar universo de De Roux, esa mujer de neto perfiles y rotunda volumetría, nos sumerge en un juego de espejos donde el espectador acaba por reflejar y hacer suyos los valores que destilan estas estampas. Los sueños, los anhelos de todas estas figuras se convierten en propios, a ello no es ajena una viva y atractiva utilización del color, rasgo este que la crítica ha querido relacionar con los años vividos por la veterana creadora en Panamá.
El aire nostálgico y ensimismado de la presente colección de grabados restañe ciertas sugestiones no muy lejanas a la pintura del primer Quattrocento o al Picasso de la etapa Rosa, conste que estas alusiones se traen a colación no tanto como influencia sino por exclusiva relación emocional. De cualquier modo, no se puede pasar por alto que la pasión estética que mana de estas estampas, el ensimismamiento, la paz y tantas otras, brotan asimismo del notable conocimiento de una técnica tan compleja como la del grabado.

No será quien escribe estas líneas el que concluya la presente reseña, sino que tomaré prestada de Oscar Wilde, esteta por excelencia, una frase que bien puede resumir muchas de las sensaciones y de las emociones que hallamos no sólo en esta exposición, sino en todo el devenir artístico de Monique De Roux: Melancholy is the true secret of life. 

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