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martes, 1 de julio de 2014

Upcoming Artist



No todo es PhotoEspaña en este Madrid estival apenas recién inaugurado, así lo apreciamos en la exposición titulada UPCOMING ARTIST que hasta el próximo día 26 de julio podemos disfrutar en la Galería Kreisler de la capital.

La exhibición está conformada por tres jóvenes creadores que en absoluto me atrevería a tildar con el manido apelativo de promesas del arte, pues lo cierto es que, tal y como dimanan las obras reunidas en Kreisler, se trata de realidades y talentos consolidados en este complejo mundo de la pintura y la escultura actual.

Begoña Fernández-Castaño, Luis Agulló y Manuel Cruz son, sin duda, una trilogía de creadores eclécticos entre los que sin embargo podemos hallar evidentes nexos de unión. La fascinación por lo urbano, el gusto por la cultura de masas entendida como un guiño a ciertos referentes digamos neopop, si se me permite el neologismo, así como la profunda vinculación de su trayectoria con el mundo del diseño en sus más diversas vertientes, son algunos de esos lazos de unión referidos.

Centrándonos en las características específicas de cada uno de ellos, no se puede pasar por alto la personalísima iconografía de Begoña Fernández-Castaño, donde la mujer moderna y sofisticada, identificada por los zapatos de tacón, campa por doquier en una producción ubicada en el atractivo bucle de la posmodernidad, patente en este caso en sus vínculos futuristas y pop.

Sin embargo la libertad creativa de Begoña Fernández-Castaño, libertad que la misma pintora reclama para su producción en un texto autobiográfico, es la que le permite jugar con la abstracción cromática o la que le permite recrear su paleta en ese fucsia intenso que bien define a sus flamencos, ave que ya casi, al igual que los tacones, se ha convertido en un invariable icónico de su quehacer.

No menos resortes pop hallamos en las obras presentadas por Luis Agulló, quien partiendo de un material de desecho como son los palets de carga, elabora un intenso discurso en torno a nuestra civilización, como el mismo autor nos describe a lo largo de la muestra. Así, en Querencia, la proyección de las sombras de unos alambres sobre esos palets que les sirven de base recuerda la tendencia que el ser humano tiene por volver a sus raíces, a su familia. Dicho argumento se me antoja de suma actualidad precisamente en un tiempo donde tan frecuente es el retorno de aquellos jóvenes que arrojados a la cuneta por el atropello de la crisis regresan a su hogar primigenio, lugar y ámbito de encuentro y acogida.

El desarrollo de Agulló en el campo del diseño es evidente en Vértigo, donde el creador sabe jugar con el color y unas formas geométricas no ajenas a ciertos ecos del Op Art y al Arte Cinético para establecer un experimento físico entre su obra y nuestra retina.

Manuel Cruz por su parte, desarrolla una obsesión creativa y conceptual por el calzado deportivo, objetos usuales en la cultura de masas pero que en los pinceles de Cruz se transforman en algo más, en un divertimento a la vez jovial y decadente, quién sabe si se trata del auténtico reflejo de una sociedad antaño lúdica hogaño decrépita.

No le falta el sentido del humor a Cruz cuando en Run Ronald Run desmitifica la celebérrima imagen de la famosa cadena de hamburgueserías o cuando la Pantera Rosa se convierte en protagonista de nuestro concepto del descanso y del confort.





jueves, 2 de enero de 2014

Las Artes y los Días: La Primera Guerra Mundial y el Arte de Vanguardia (1º Parte)



Por Javier García-Luengo Manchado






Dentro de las efemérides que se recordarán intensamente a lo largo del año que acabamos de inaugurar, destacará, sin lugar a dudas, la más trágica de todas ellas: el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Kichner - Autorretrato como soldado
Efectivamente, la conocida como Gran Guerra, supuso un cambio absoluto no sólo en la forma de entender y hacer la guerra sino que también implicó una honda trasformación del mapa europeo, incluso, desde mi punto de vista, algo más importante aun, marcó un antes y un después en la evolución política, social, cultural y artística del siglo XX.

Es en este último punto donde sucintamente hoy se quiere detener LAS ARTES Y LOS DÍAS, pues los avatares bélicos desarrollados entre 1914 y 1918 produjeron una serie de heridas y cicatrices de las que aun hoy, de alguna manera, somos herederos.

Kandinsky - Composición
Lo cierto es que en torno a 1914 los principales movimientos modernos habían alcanzado cotas fundamentales en sus propuestas tanto experimentales como ideológicas. No en vano, el afán de lucha de tales movimientos se identificó metafóricamente con la vanguardia, término militar aplicado a las tropas que avanzan y preparan el terreno a la retaguardia. Así es, el cubismo, el futurismo o el expresionismo intentaron avanzar, abrir nuevas vías para el arte, de alguna manera la revolución estética, pensaban muchos por entonces, también supondrían una revolución ética.

Guido Severini - Cañón en acción
Los términos absolutamente revolucionarios que marcaron el devenir artístico de la primera década de la centuria pasada no quedaban muy lejos de la necesidad de transformación y cambios de una masa social hastiada de unas formas y unas fórmulas ancladas en el pasado, inútiles en el presente y, sobre todo, carentes de futuro.

Así el expresionismo alemán, especialmente el grupo El puente –Die Brücke-, comandado por Kirchner, supuso un cambio a la hora de mirar y entender el arte. La recuperación del primitivismo y la utilización de un color descriptivo, no de la realidad circundante, sino de la realidad del propio creador, daba rienda suelta a una pintura cada vez más personal donde el yo del artista se desmarcaba paulatinamente de una sociedad adocenanda y bien pensante.

Severini - Tren armado
Y es que esta libertad cromática permitió al siguiente grupo expresionista, El jinete azul –Der Blauer Reiter-, de la mano esencialmente de Kandinsky, iniciar en torno a 1910 el camino de una abstracción basada en los valores espirituales del propio color, el color debía emocionar al margen de cualquier discurso figurativo.

Y hablando de belicismo y arte no podemos concluir este primer capítulo dedicado al arte en torno a 1914 sin incluir el Futurismo italiano, engendrado en 1909 por Marinetti. Quizá estos creadores fueron los más agresivos y combativos, en el amplio sentido del término, de los referidos hasta ahora. Junto con el mencionado ideólogo, Boccioni, Severini, etc., propugnaban la quema de museos o la destrucción de obras clásicas en pro de una sociedad verdaderamente futura, cantando la belleza de la guerra como auténtica trasformadora de la sociedad. Es por ello que con sus pinceles plasmasen la velocidad, el movimiento, manifestaciones, reyertas, máquina y autómatas, mostrando así un hombre sometido al futuro y no viceversa. No nos debe extrañar que algunos de estos artistas terminasen engrosando las filas del fascismo. Para tales fines, no dudaron en utilizar algunos recursos ya empleados por el cubismo, movimiento con el que abriremos el siguiente capítulo de esta serie.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Monique De Roux



Por Javier García-Luengo Manchado




Serenidad, silencio y melancolía son términos que generalmente, aplicados a la actividad artística, se vinculan al ámbito de lo clásico. Sin embargo, desde mi punto de vista, dichos vocablos referidos a la obra de Monique De Roux se tornan en absolutamente revolucionarios, pues, en efecto, si la producción artística actual ha hecho de la estética del asco academia, ha convertido la exaltación de la basura en norma y el manido discurso político es doctrina, por el contrario, aquellos creadores que reclaman la belleza, el sosiego y la reflexión, como el caso que nos ocupa, son quienes verdaderamente lo arriesgan todo en nuestros tiempos, van a contracorriente, ya que en definitiva su discurso quiebra lo que hoy, he ahí la paradoja, se ha transformado en una auténtica “academia”.
Los grabados de Monique De Roux que actualmente podemos contemplar en la Galería José Rincón de Madrid, traen a nuestra memoria esas palabras con las que Gerardo Diego glosó al Río Duero en su celebérrimo romance: Quién pudiera como tú, / a la vez quieto y en marcha/ cantar siempre el mismo verso/ pero con distinta agua. Y es que verdaderamente cada obra de De Roux siempre es diferente, pero del mismo modo detectamos su inconfundible mano, sus ensoñaciones; hallamos todo su intenso mundo tras ellas.

La gran protagonista del peculiar universo de De Roux, esa mujer de neto perfiles y rotunda volumetría, nos sumerge en un juego de espejos donde el espectador acaba por reflejar y hacer suyos los valores que destilan estas estampas. Los sueños, los anhelos de todas estas figuras se convierten en propios, a ello no es ajena una viva y atractiva utilización del color, rasgo este que la crítica ha querido relacionar con los años vividos por la veterana creadora en Panamá.
El aire nostálgico y ensimismado de la presente colección de grabados restañe ciertas sugestiones no muy lejanas a la pintura del primer Quattrocento o al Picasso de la etapa Rosa, conste que estas alusiones se traen a colación no tanto como influencia sino por exclusiva relación emocional. De cualquier modo, no se puede pasar por alto que la pasión estética que mana de estas estampas, el ensimismamiento, la paz y tantas otras, brotan asimismo del notable conocimiento de una técnica tan compleja como la del grabado.

No será quien escribe estas líneas el que concluya la presente reseña, sino que tomaré prestada de Oscar Wilde, esteta por excelencia, una frase que bien puede resumir muchas de las sensaciones y de las emociones que hallamos no sólo en esta exposición, sino en todo el devenir artístico de Monique De Roux: Melancholy is the true secret of life. 

domingo, 27 de octubre de 2013

Victorio Macho y... Toledo



Por Javier García-Luengo Manchado





Si generalmente cuando pensamos en Toledo lo hacemos desde la perspectiva del mundo medieval o desde el esplendor del renacimiento, hoy quiero referir un museo y un personaje quizá menos conocido, sobre todo si nos dejamos guiar por las rutas turísticas al uso, pero que sin duda nos hablan de un Toledo siempre sorprendente y, desde luego, de una grandeza histórica y artística capaz de trascender cualquier época o periodo para convertirse en una ciudad verdaderamente eterna.
Autorretrato

Se trata de Victorio Macho y del museo constituido a partir de la cesión efectuada por el propio escultor a España, quien legó tanto su casa como aquellas esculturas y dibujos que le acompañaron a lo largo de toda su vida, debido a su alto valor sentimental. Es por ello que sea Roca Tarpeya el lugar donde encontramos este sorprendente, recoleto e interesante museo, pues fue aquí mismo donde el creador castellano fijó su residencia cuando en los primeros cincuenta regresó definitivamente de su exilio.
Marcelo Macho
Mi primer acercamiento a Victorio Macho (Palencia, 1887-Toledo, 1966) se produjo hace ya algunos años de la mano de mi maestro, José Carlos Brasas Egido, principal estudioso del artista palentino. El impacto y admiración que causó su escultura ha ido creciendo con el paso del tiempo, especialmente cuando tengo la oportunidad de visitar este museo y volver a apreciar obras como Marinero Vasco, la estatua yacente de su hermano Marcelo y, por supuesto, el retrato efectuado a su propia madre.
Contextualizado estéticamente en lo que se ha venido llamando realismo castellano, en el que se inscriben también Julio Antonio y Mateo Hernández, Macho recupera para el arte moderno la técnica de la talla directa. Como otrora hicieron ciertas culturas primitivas, los autores señalados buscaron durante las décadas de los veinte y treinta del siglo pasado, una renovación artística que encontraba en el referido procedimiento una esencialidad volumétrica y conceptual ajena al manido preciosismo postromántico, tan común entonces en los sectores más académicos.
Marinero vasco
El sincero compromiso de Victorio Macho con la sociedad, con el arte y con la historia, hace que el Hombre se convierta en el gran protagonista de su arte. Sin embargo, Victorio Macho no inmortalizará a encumbrados héroes, a eminentes políticos o avezados generales, utilizará la nobleza y la fuerza de la piedra para reflejar la nobleza y la fuerza de quienes con su labor callada y con su trabajo silencioso procuran el avance y evolución del género humano, siendo quizá esta peculiar interpretación de la gente del pueblo algo así como una versión estética de la idea de intrahistoria definida por Unamuno, de quien por cierto Macho efectuó un imponente busto.
Unamuno
Probablemente la efigie que Macho ejecutó de su propia madre, sea el ejemplo óptimo de lo que se acaba de referir. En efecto, la combinación del mármol, para las manos y la cabeza, junto al granito empleado en el resto del cuerpo, hace que nuestros ojos precisamente se dirijan hacia el noble rostro y hacia esas manos cruzadas sobre el regazo. Manos ajadas por el trabajo, pero sobre todo, unas manos amorosas surcadas por el amor y por el sacrificio. El mismo amor y sacrifico por los hijos y la familia que hallamos en este rostro envejecido por el tiempo pero eternizado gracias a la dignidad que sólo procura la prudencia, el silencio, el perdón y la enconada lucha con y por la Vida.

La Madre
La madre de Victorio Macho es un homenaje a todas las madres, también a la mía y a la de mis estimados lectores. Su mirada meditabunda es una mirada plena de sabiduría, una sapiencia  que nunca ceja en su empeño al procurar lo mejor para los suyos, una mirada serena e inteligente de quien sabe que el amor todo lo puede y todo lo alcanza.

lunes, 21 de octubre de 2013

Jaime de Armiñan

Por Javier García-Luengo Manchado






Debido a la afortunada concesión del Goya de Honor a Jaime de Armiñán, me permito reproducir el artículo que al insigne director y guionista dediqué en esta misma sección el pasado mes de enero:

Sin caer en la exaltación del pesimismo, lo cierto es que vivimos unos momentos donde las "estrellas" fugaces del trivial mundo de la creación presente parecen tomar tal relevancia que, de manera consciente o inconsciente, hacen olvidar los nombres de aquellas personas, de aquellos artistas, que verdaderamente han contribuido a cimentar y consolidar las bases mismas de la cultura contemporánea. En este sentido hoy quiero destacar la labor del cineasta, guionista y escritor Jaime de Armiñán.

Hablar de Jaime de Armiñán, es hacerlo de uno de quienes más allá de las dificultades de la historia o de las contrariedades políticas que le tocó vivir en sus inicios, supo hacer una televisión de calidad donde entretenimiento y educación no fuesen términos antagónicos.
Su sagacidad para analizar el mundo que le rodea y su natural inclinación para la escritura, ya demostrada tempranamente durante su formación en la Escuela Estudio, centro éste heredero de los métodos docentes de la Institución Libre de Enseñanza, hizo que desde muy joven se dedicara a la ficción, no sólo en los guiones para una televisión recién nacida, y de la que él sin duda fue progenitor, sino también para el teatro, alcanzando muy pronto el premio Calderón de la Barca.
Pero sin duda, quizá la cara más conocida de este polifacético creador, haya sido su labor como guionista y director de cine, trabajo que le ha catapultado más allá de nuestras fronteras. Recordemos sus dos nominaciones a los Óscar –"Mi querida señorita" y "El nido"-, su participación en múltiples jurados de festivales internacionales y una larga lista de galardones en este mismo sentido.

Su filmografía, donde la realidad parece mezclarse con el sueño, sin que desde luego podamos llegar a hablar de surrealismo, continúa encandilando a unos espectadores ávidos de su originalidad y, sobre todo, de su maestría para manejar el potencial interpretativo de los actores.

Algo de esto también encontramos en su literatura. Títulos como "Los amantes encuadernados", "Siete pesadillas" o "La isla de los Pájaros", no hacen sino centrarse en personajes llenos de aristas emocionales, sin que ninguno escape a la capacidad que Armiñán tiene para el estudio psicológico... A partir de ahí, la fantasía del autor hace de las suyas en unos apasionantes relatos escritos con absoluta pulcritud y riqueza verbal.
Se podrían apuntar otras muchas cuestiones en torno a este creador nato, ahí está su "Juncal", una serie que ha marcado época y donde vemos a un Armiñán plenamente imbuido en ese universo taurino que bien conoce y que tanto ha vivido. Sólo, eso sí, esperamos que Jaime de Armiñán vuelva pronto a la escena, a la gran pantalla o a la imprenta y nos siga haciendo gozar y disfrutar con su sabiduría, con su conocimiento y, en definitiva, con su Arte.


martes, 1 de octubre de 2013

Las Artes y los Días: El gran día de los feos




Por Javier García-Luengo Manchado






Bajo la dirección de Nabil Chabaan y David G. Tesouro a partir del argumento original del primero de los citados, desde el pasado día 19 de septiembre podemos disfrutar de EL GRAN DÍA DE LOS FEOS, la primera serie española para dispositivos móviles.

Más allá del divertido y sagaz argumento, sin lugar a dudas nos encontramos ante una producción básica en la transformación de la sintaxis y la morfología de la imagen. En efecto, aunque se han señalado ciertos débitos de EL GRAN DÍA DE LOS FEOS con algunos filmes de serie B o con determinados clásicos cinematográficos como Mad Max de George Miller, La naranja mecánica de Stanley Kubrick o Acción mutante de Álex de la Iglesia, lo cierto es que tanto el soporte al que va dirigido como la demanda de un nuevo público cada vez más influenciado por el mundo de las redes sociales o la telefonía móvil, hacían necesaria una revisión de los códigos culturales y narrativos de los medios audiovisuales que aquí ya por fin descubrimos.

No nos llevemos a error sin embargo pensando que El GRAN DÍA DE LOS FEOS es un mero campo de experimentación. La interacción entre el espectador y la historia y sus protagonistas, el juego de la elipsis así como la rapidez y eficacia de la narración o el audaz sentido del color y las formas para codificar personajes y situaciones, permiten generar un seguro lenguaje directo, actual y ocurrente.


No sólo la forma, la trama argumental supone asimismo una interesante aportación respecto a las series televisivas al uso. Tras una historia aparentemente frívola e irónica, se esconde una ácida crítica a la sociedad de nuestros días, a la lucha de poder, a las dictaduras y, en definitiva, a la tiranía de la imagen y la apariencia.

Un mundo “perfecto” dominado por los guapos y la belleza contra el que se revelarán los excluidos, aquellos que desestabilizan ese estado supuestamente ideal, los feos, marcará el eje vertebrador de un guión en torno al que giran y se entrecruzan las vidas y las variopintas situaciones de los diferentes personajes.

No se debe concluir la presente reseña sin referir la juventud y profesionalidad de EL GRAN DÍA DE LOS FEOS, no sólo por los conceptos señalados y el pleno diálogo mantenido con nuestro hoy, con nuestro ahora, sino también por los componentes tanto del quipo técnico como del cuadro artístico, entre quienes destacan Tony Bernetti, Daniel Retuerta, Tania Belastegui y un largo etcétera.

martes, 30 de julio de 2013

CREDO: La nueva edición de LAS EDADES DEL HOMBRE


Por Javier García-Luengo Manchado






Coincidiendo con el año de la fe, la XVIII edición de Las Edades del Hombre, que se celebra en la localidad abulense de Arévalo, ha querido rendir tributo al eje vertebrador del credo católico.

Así es, partiendo de las principales verdades recogidas en el llamado Símbolo o Credo de los Apóstoles, las tres iglesias que acogen la muestra, Santa María, San Martín y El Salvador, se convierten en mudéjares joyeles en cuyo interior se exhiben una serie de piezas capaces de ilustrar todos y cada uno de dichos principios doctrinales.

Alegoría de la Fe. M. Benlliure
El origen dispar de las obras aquí reunidas, procedentes en su mayoría de las nueve diócesis de Castilla y León, pero también de otras como las de Madrid, Cuenca o Toledo, se da la mano con la pluralidad cronológica y estética de las mismas. De hecho, en nuestro recorrido hallaremos piezas que van desde el siglo VII hasta llegar al arte de nuestros días, tal es el caso, por ejemplo, de la escultura de Antonio López, de Venancio Blanco o de la pintura de Carmen Laffón.

La referida heterogeneidad se ve reforzada asimismo por la desigual calidad de muchas de las obras exhibidas. Entiéndase esta consideración no como un demérito, antes al contrario, como una manera de valorar y difundir el secular patrimonio de la Iglesia que más allá de cuestiones estéticas, hoy como ayer, sigue siendo fiel testimonio de la historia de las creencias, de la devoción y del culto de quienes nos precedieron.

Por otra parte también nos encontraremos con obras maestras conocidas por todos. Cabe citar en este sentido, el Cristo yacente de la Catedral de Segovia, obra de Gregorio Fernández, El Profeta de Pablo Gargallo, San Juan Bautista de Luís Salvador Carmona, Cristo Resucitado de Juan de Juni, el Bautismo de Cristo de Goya o la Anunciación de Illescas de El Greco.


Yacente. Gregorio Fernández




El Profeta. Pablo Gargallo
Uno de los aspectos más destacados de Credo, a juicio de quien esto escribe, es el ya mencionado diálogo entre el arte del pasado y la creación contemporánea. En efecto, la convivencia del románico, gótico o el barroco con el arte de los siglos XX y XXI revelan dentro de este discurso expositivo cómo un mismo sentir, unas creencias y verdades  que se ha mantenido y se mantienen incólumes más allá del espacio y el tiempo, son sin embargo interpretadas de distintos modos a partir de los factores sensibles del ser humano, como es nuestra forma de entender y percibir dichas doctrinas.

Anunciación. El Greco.








Diferentes artes para una misma fe es lo que encontramos en un recorrido al que, desde la confesión trinitaria hasta llegar a la esperanza en la vida eterna, nos acompañan los personajes más destacados la Biblia y de la Iglesia; profetas, apóstoles y santos, quienes con su vida dieron testimonio de la fe y de quienes el arte asimismo ha dado testimonio de ellos a través de la historia.








Javier García-Luengo Manchado es Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, obteniendo Premio Extraordinario de Doctorado en 2006. Ha desarrollado su labor docente en las Universidades de Salamanca y Anáhuac de México, asimismo ha efectuado estancias de docencia e investigación en las universidades de Londres, Sapienza de Roma, Évora de Portugal, Cergy-Pontoise de París y Academia de España en Roma.
Ha comisariado exposiciones dedicados a pintores del siglo XX y escrito libros y artículos de investigación referido a los mismos temas.

Como conferenciante ha participado en el programa El Prado fuera del Prado, ciclo organizado por el Museo Nacional del Prado.

martes, 9 de julio de 2013

Ximena Pan de Soraluce o el Arte de la fantasía

Por Javier García-Luengo Manchado
Por enésima vez visito el estudio de Ximena Pan de Soraluce y, por enésima vez, me recibe con la misma simpatía, alegría, vitalidad y cariño de siempre. Lo cierto es que las características que se acaban de enunciar a la hora de aludir a la personalidad de la artista que nos ocupa, son perfectamente aplicables a toda su creación.
Y es que en efecto, como ya he referido en anteriores artículos, en medio de un mundo donde se entiende como auténticamente "artístico" los derivados de la basura, la estética del asco y de lo repulsivo, elementos todos ellos, desde mi punto de vista, resultado de un hombre ensimismado en las limitaciones de su fisicidad, descollan con singular fuerza esas otras obras que precisamente buscan todo lo contrario, el agrado, la belleza y por qué no, también la sonrisa y el divertimento.
Santa Catalina enmarcada
Es aquí donde se encuadra la producción de Pan de Soraluce, quizá porque Ximena, con valentía, hace quiebros a ese mundo replegado en su propio yo y va más allá, busca una trascendencia y una superación de lo finito capaz de iluminar sus obras con una calidad y una calidez que se han convertido en su sello distintivo.
Asimismo, otra de las peculiaridades de la producción de Pan de Soraluce es que, para mayor inquietud y desconcierto de la crítica, su arte es absolutamente indefinible. Así es, en sus cuadros hay dibujo y color, pero no lo podemos llamar pintura; hay pasamanerías, bordados y telas, sin embargo no es un collage en sentido estricto; hallamos también un marcado gusto por el relieve, aunque no se traten de esculturas.
El retrato ha sido y es uno de los principales intereses de Ximena. La capacidad para personalizar estas obras la acercan a un extremo donde el detalle y la minuciosidad se dan la mano con la fantasía. Por ello es tan importante el deseo que su autora tiene por conocer en profundidad a los protagonistas, introduciendo aquellos elementos que más los pueden caracterizar, sus aficiones, lecturas, ciudades favoritas, a lo que no serán ajenos multitud de guiños –siento usar una palabra que tanto detesta Ximena- tan irónicos como ocurrentes.
Mono Copia
El espacio es la sintaxis básica para articular la morfología de sus imágenes, no en vano, encontramos en su producción toda una serie dedicada a los interiores, salones de casas solariegas y palacios hoy perdidos y recuperados gracias a ese toque donoso e inocente, en el mejor sentido del término, que muestran los muebles efectuados como verdaderas miniaturas o a través de las telas, que tan bien trabaja y que en muchos casos ella misma pinta y borda.
Es breve este espacio para referir los múltiples proyectos que nuestra autora se trae entre manos, pero quizá uno de los más atractivos sea la reelaboración y reinterpretación de la baraja francesa a partir de su peculiar técnica y cosmovisión, baraja que, por cierto, que servirá para ilustrar algo así como un manual de instrucciones para el buen echador de cartas y cuya publicación esperamos anhelantes.
No podemos concluir esta reseña sin una alusión a su serie dedicada a la Virgen y a los santos, obras de un marcado barroquismo que con sus bordados, pasamanerías y la inclusión de oraciones y escritos nos traslada a la tradición de los exvotos populares tan propios de nuestra cultura, pero también de la cultura hermana del otro lado del Atlántico y que Pan de Soraluce pudo conocer durante los años allí vividos en plena adolescencia.

Santa Casilda, Santa Inés o Santa Delfina son abordadas por esta miniaturista que con tanto cariño mima todas y cada una de sus creaciones, creaciones que sin duda parecen iluminadas y bendecidas por esos mismos santos y santas que con fiel devoción y amor recrea Ximena Pan de Soraluce.




Definitiva



Javier García-Luengo Manchado es Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, obteniendo Premio Extraordinario de Doctorado en 2006. Ha desarrollado su labor docente en las Universidades de Salamanca y Anáhuac de México, asimismo ha efectuado estancias de docencia e investigación en las universidades de Londres, Sapienza de Roma, Évora de Portugal, Cergy-Pontoise de París y Academia de España en Roma.
Ha comisariado exposiciones dedicados a pintores del siglo XX y escrito libros y artículos de investigación referido a los mismos temas.

Como conferenciante ha participado en el programa El Prado fuera del Prado, ciclo organizado por el Museo Nacional del Prado.


sábado, 22 de junio de 2013

Julio Romero de Torres en el Museo Carmen Thyssen de Málaga



 Por Javier García-Luengo Manchado
“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena. Con los ojos llenos de misterio y el alma llena de pena…” Así comienza el célebre pasodoble La morena de mi copla, compuesto por los maestros Villegas y Castellanos. Sí, efectivamente, Romero de Torres fue el pintor de la mujer morena -y andaluza- en la mayor parte de las ocasiones, pero el artista cordobés también fue capaz de “pintar”, sin saberlo, una polémica nacida mucho tiempo después de su muerte.

Así es, el referido pasodoble se hizo popular como pocos en la España de los sesenta, marcando, de alguna manera, lo que Romero de Torres pudo llegar a inspirar en un momento determinado y quizá, sobre todo, demuestra la conexión que el legado del pintor cordobés generó en las clases menos sofisticadas.

Este hecho, insisto, ha devenido sin embargo en una controversia firmemente asentada en determinados sectores de la historiografía y la crítica de arte en torno al verdadero interés y calidad de Romero de Torres; siendo muchas las voces que en estas disciplinas entienden el imaginario del cordobés como sinónimo de una pintura populista, impermeable a cualquier filtración de vanguardia, plena de tópicos aburguesados, amén de carecer de un discurso político concreto. En fin, a estas alturas uno ante lo dicho, se pregunta entre otras cosas, a fuer de ser políticamente incorrecto, por qué un compromiso ideológico debe ser tenido en cuenta como factor determinante a la hora de juzgar el valor estético de un creador
.
Quizá a lo anteriormente expuesto no sea ajeno al hecho mismo de que a todos nos resultan familiares muchas creaciones de Romero de Torres al asociarlas, de manera inconsciente, a un momento muy determinado de la historia de nuestro país, sin embargo, verdaderamente las imágenes que sirvieron para ilustrar aquel periodo nada tenían que ver con la concepción original del propio autor. A fin de cuentas Romero de Torres no tiene culpa de que su obra sirviera para decorar latas de dulce de membrillo, calendarios y hasta billetes, como tampoco la tiene Da Vinci, Miguel Ángel o Picasso de que su obra se vea reproducida hasta la saciedad en imanes para frigoríficos, camisetas, posavasos y otros objetos del merchandising museístico.
La buena ventura
Polémicas aparte, lo que queda de un artista es su producción y eso es lo que sí podemos juzgar, ver, comprender y sentir. Un visita a la exposición Julio Romero de Torres. Entre el mito y la leyenda, celebrada durante estos días en el Museo Carmen Thyssen de Málaga, permite efectuar ciertas reflexiones alejadas de los prejuicios e ideas apriorísticas ya referidas.

Como se ha dicho, indudablemente la mujer es la gran protagonista de su extenso catálogo, la mujer se transforma en un icono donde la metáfora acampa por doquier, procurando lecturas dispares, incluso hasta contradictorias. Lo divino y lo humano se ligarán íntimamente, como así lo podemos apreciar en la fémina portadora de los valores religiosos y tradicionales, frente a esa otra cargada de sensualidad hasta el extremo.

Y es que el discurso simbolista no fue ajeno a la paleta de Romero de Torres, un simbolismo aprendido directamente en sus viajes por Europa y tamizado a través del contacto con el renacimiento italiano. El resultado será el de un simbolismo de progenie andalusí que frente al francés o al británico deja a un lado a Salomé, la mujer bella pero maldita, para darnos una interpretación digamos más castiza.

Monjas y manolas, prostitutas y celestinas, serán los personajes que de un modo u otro llevarán hasta sus últimas consecuencias ese mal de amores o esa plegaria tan común cuando el flamenco, que tanto inspirara a Romero de Torres, se arranca por soleares o reza con una saeta.

El marco para estas singulares musas no son los sofisticados palacios orientales que podemos hallar en el alucinante simbolismo de Moreau o los templos clásicos del silencioso Puvis de Chavannes, sino que Córdoba, esa Córdoba lejana y sola, como años después la describiría García Lorca, será el inquietante escenario para dar cabida a las intensas miradas de los originales mitos y leyendas creados y recreados por  quien fuera el pintor dilecto de Valle Inclán.











Javier García-Luengo Manchado es Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, obteniendo Premio Extraordinario de Doctorado en 2006. Ha desarrollado su labor docente en las Universidades de Salamanca y Anáhuac de México, asimismo ha efectuado estancias de docencia e investigación en las universidades de Londres, Sapienza de Roma, Évora de Portugal, Cergy-Pontoise de París y Academia de España en Roma.
Ha comisariado exposiciones dedicados a pintores del siglo XX y escrito libros y artículos de investigación referido a los mismos temas.
Como conferenciante ha participado en el programa El Prado fuera del Prado, ciclo organizado por el Museo Nacional del Prado.